La reapertura de debates

Cuando una instancia judicial se cierra, no puede reabrirse salvo en los casos en que se produzcan hechos nuevos o se obtengan documentos relevantes que no hayan sido sometidos al tribunal. Resulta absurdo, sin embargo, solicitar que se reabran los debates cuando una parte ha hecho defecto, pues al tiempo de demorar la instrucción del proceso, desnaturaliza la esencia de esta institución jurídica y la equipara al recurso de oposición.
Todas las veces que nuestra Suprema Corte de Justicia se ha pronunciado sobre la reapertura de debates, ha coincidido en que sólo puede ordenarse cuando el impetrante ha concluido en audiencia. El 25 de febrero del 1999, nuestro más alto tribunal decidió que la reapertura de debates debe concederse cuando ambas partes han concluido en audiencia, y con posterioridad aparecen documentos que no fueron sometidos al debate, los cuales podrían influir en la suerte y decisión del asunto, pero no procede cuando una parte, por las razones que fuere, hace defecto, y pretende luego de terminada la audiencia, que el juez le conceda la oportunidad de oír sus alegatos.
El 11 de octubre del 2000, consideró que aunque los jueces son soberanos para decidir si procede o no reabrir los debates, es  condición de que antes se hayan producido conclusiones al fondo de las partes. Y el primero de noviembre del mismo 2000, volvió a reafirmar su criterio en términos muy vivos: La reapertura de debates procede cuando ambas partes han concluido al fondo y antes de dictase la sentencia, aparecen piezas y documentos que podrían influir decisivamente en la suerte de la litis; pero no procede cuando una de las partes ha hecho defecto, y por tanto, no ha participado en el juicio,  y pretende mediante una solicitud de reapertura de debates obviar ese defecto, el cual, sin duda, debe consagrar el juez en su sentencia, lo que, de aceptarse, constituirá una práctica jurídica aberrante, que tiende a prolongar el conflicto.
De manera, pues, que cuando se reabren los debates para permitirle a la parte que no ha comparecido o concluido al fondo depositar documentos nuevos  y siempre serán nuevos porque hasta ese momento no se han presentado en razón de haber hecho defecto-, se deforma esta institución jurídica y, de paso, se le sustraen sus consecuencias al defecto. Insisto en que la facultad discrecional de que gozan los jueces para apreciar la conveniencia de reabrir una instancia, no debe asemejarse al recurso de oposición motivado por el descuido del peticionario a comparecer a la audiencia fijada para conocer el proceso.
Nunca es bueno agarrar el rábano por las hojas; hay defecto o no lo hay. Desde el instante mismo en que no se comparece a audiencia habiendo sido regularmente citado, se pierde el derecho de aducir la existencia de documentos o hechos nuevos en esa fase agotada de la instancia. Y es que como parte renuente a litigar en la forma, tiempo y condiciones determinadas por la ley, el defectuante pierde el favor de ser tomado en cuenta. Es su castigo.

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