Reflexión No. 6 (30/5/2016)

Año 1961. Pasan los años, 300 cuotas, 252 dueños. La Ley de entonces, la No. 7556, devolvió las salinas a los ayuntamientos de Oviedo, Baní y Montecristi, permitiéndoles su arrendamiento a terceros y concediéndoles licencia de explotación, pero en Montecristi, por su extensión de costas, desde Marigot, hasta Salina Chica, se convirtió en el mayor productor de Sal Marina del País. En este pueblo, desde el año 1970 hasta 1993, dependíamos directamente del pago de la sal. Las Fiestas Navideñas no brillaban, sino se paga la sal. Eran tristes. El Salinero era como un empresario, el salinero era admirado por la sociedad, es decir, su pueblo le guardaba esa distinción y respeto. La Institución llamada CORDE era como el Banco de la alegría de los Salineros y el Pueblo, el que el Estado Dominicano era el garante de la Comercialización y el Ayuntamiento el poseedor en arrendamiento del recurso suelo; pero esos salineros no crearon conciencia de ese recurso valiosísimo que tenía un mercado de supremacía en el país. No existió entre ellos un liderazgo que asumiera y empuñase la garrocha para ir creando el sendero hacia el desarrollo, al contrario, comenzaron a desgarrarse entre sí, cuando debieron entender que ellos eran una sola clase, y que esa división lo llevaría al abismo, que en la medida que esas luchas profundizaban y las continuaban sin reconciliación, los asechaban los tiburones económicos. (continuamos en la segunda entrega)